Gen(ética): ¿Todo lo que es científicamente posible se debe hacer?

12 noviembre 2021

En 1997, la película Gattaca describía una sociedad en la que la mayor parte de los niños eran concebidos in vitro y se mejoraban sus características físicas y psíquicas mediante técnicas de selección genética. Mientras que estos lograban acceder a los mejores puestos de trabajo, los concebidos de forma natural eran condenados a realizar los trabajos más desagradables. 

Veinticuatro años más tarde, la realidad distópica que planteaba este clásico de ciencia ficción resuena más que nunca. “Aunque la mejora genética es un debate destacado desde hace décadas, nunca hemos estado tan cerca de tener tecnologías que realmente la posibiliten”, comenta Jon Rueda, que realiza su doctorado sobre filosofía y ética en la Universidad de Granada con una beca de la Fundación ”la Caixa”. Sin embargo, advierte, “que algo pueda hacerse no implica que deba hacerse”. 

Jon Rueda realiza su doctorado sobre filosofía y ética en la Universidad de Granada con una beca de la Fundación ”la Caixa”.

Jon investiga, precisamente, los debates éticos que surgen a raíz del uso de tecnologías genéticas emergentes, como el embryo screening y el CRISPR/Cas9. “El embryo screening consiste en detectar la presencia de alteraciones genéticas asociadas a una enfermedad en embriones obtenidos por fecundación in vitro, de forma que se eligen aquellos que no portan la alteración”, explica Jon. La revolucionaria tecnología CRISPR/Cas9 —que hace un año fue reconocida con el Premio Nobel de Química 2020 a sus creadoras: Emmanuelle Charpentier y Jennifer A. Doudna— va un paso más allá. “Se trata de un mecanismo inmunológico  de ciertas bacterias que se ha aprovechado en el ámbito científico, pues permite editar genes a nuestra elección”, explica. Desde corregir mutaciones que son origen de enfermedades genéticas hasta hacer plantas resistentes a plagas o eliminar patógenos. 

Ambas tecnologías se diseñaron pensando en una mejora de la salud. No obstante, estas técnicas son tan poderosas que sus posibilidades —como sucede tantas veces con la tecnología— van mucho más allá de lo que un día imaginamos. En primer lugar, “ante la posibilidad de poder controlar los genes que heredará la descendencia, tal vez sean muchas más las personas que opten por el uso de tecnologías reprogenéticas”, comenta Jon. En segundo lugar, el acceso a estas tecnologías podría agravar las desigualdades económicas y sociales, ya que “no parece que inicialmente vayan a ser accesibles a todo el mundo debido a su precio. Cómo distribuir estos recursos de manera equitativa puede ser uno de los grandes retos éticos y políticos contemporáneos”, explica. Y, finalmente, la (dis)continuidad de la especie humana, pues “las tecnologías de mejora genética y la acumulación de modificaciones podrían influir a largo plazo en nuestra propia evolución”, comenta Jon. “Estas tecnologías pueden cambiar la reproducción humana, lo que consideramos como justo o injusto, o incluso hacernos pensar sobre la deseabilidad de continuar la especie humana o intentar crear una especie posterior que sea una forma de existencia sustancialmente mejor”, explica. 

El equilibrio entre riesgos y beneficios es una cuestión inherente a los avances científicos y tecnológicos. “Al estar en fase experimental, estas tecnologías no son del todo seguras ni eficaces. Sin embargo, cuando CRISPR/Cas9 pueda desactivar de manera segura genes que predisponen a enfermedades monogénicas graves, como el Tay-Sachs o el Corea de Huntington, la balanza se decantará hacia los beneficios. De este modo su aplicación no solo sería deseable moralmente, sino que también debería ser permisible jurídicamente”. Este último apunte es importante, pues, en palabras de Jon, “a los marcos legislativos les es difícil seguir el ritmo a estos avances tan vertiginosos”, que en un futuro podrían aplicarse a otros usos, tal vez algunos de ellos menos éticos.

La historia de la tecnología, dice, está repleta de avances que causaron controversia en sus inicios, pero que ahora están extendidos y normalizados. “Los coches, los teléfonos móviles o internet tuvieron sus detractores. Igualmente, muchas prácticas reproductivas hoy asentadas, como la amniocentesis, la inseminación artificial mediante gametos donados, la fecundación in vitro o el diagnóstico genético preimplantacional, suscitaron reparos éticos. Al igual que muchos de esos reparos no fueron lo suficientemente convincentes como para frenar esos desarrollos, es probable que tampoco lo sean con CRISPR/Cas9 u otras tecnologías genéticas emergentes”, concluye. 
 

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