Con la música por delante

23 junio 2021

Con tan solo cinco años, Eva Casado Ariza se enamoró del violín y ya nunca lo dejó. Su pasión musical la alejó de Barcelona, su ciudad natal, para seguir su formación en los Estados Unidos, donde no solo sigue desarrollando su virtuosismo con este instrumento, sino también aprende a dirigir una orquesta. “No provengo de una familia de músicos, pero mis padres siempre me incentivaron a tener curiosidad por todo, y las artes siempre me interesaron mucho”, explica Eva. 

Eva Casado Ariza con una flauta travesera y un violín. A pesar de su juventud, su currículum acumula ya numerosos reconocimientos y logros.Eva Casado Ariza

A pesar de su juventud, su currículum acumula ya numerosos reconocimientos y logros, como ganar la VSA International Young Soloist Competition, —que reconoce a los jóvenes músicos con diversidad funcional más excepcionales—, tocar en el Kennedy Center de Washington D.C. como solista y, desde hace pocos meses, la creación de la orquesta ‘Miami Diamond Chamber Orchestra’, cuyos conciertos estarán disponibles próximamente.

Sin embargo, para Eva llegar hasta aquí no fue fácil. A los 12 años, una mononucleosis derivó en un grave síndrome de fatiga crónica que todavía padece y que le impide caminar. En un primer momento, la enfermedad la obligó a dejar la música, pero con empeño la retomó dos años después. Su pasión la llevó a convertirse en la primera persona con este grado de discapacidad en conseguir el Grado Profesional de Violín, primero postrada y más tarde en una silla de ruedas. “Tocar el violín tumbada era algo nunca visto y mucha gente rechazaba la idea antes de oírme tocar y evaluar mis conocimientos. Yo siempre luché para que mi música hablara por mí. Y así conseguí cambiar las ideas de mucha gente; escuchaban mi música y se daban cuenta de que tenía futuro”, explica Eva. 

En el 2018, con la ayuda de una beca de la Fundación ”la Caixa” se trasladó a Florida, donde, dice, se encuentra más segura a la hora de tomar riesgos y ser creativa. “No podría haberlo hecho sin toda la preparación enorme y sólida que recibí desde niña en España. No obstante, en EE. UU. los estudios musicales están más integrados en las universidades, lo que permite que los avances para las personas con discapacidad que se consiguen en el mundo universitario se apliquen automáticamente a los estudios musicales. En ese aspecto, España tiene trabajo por hacer”, añade Eva. Esta virtuosa violinista quiere abrir camino y ayudar a las nuevas generaciones con diversidad funcional a derribar los muros a los que ella ya se ha enfrentado. “Estoy trabajando para seguir consiguiendo mejoras tangibles y quiero exponerme más para que otras personas vean que se puede lograr mucho con determinación y, sobre todo, apoyo”, reivindica. 

Para Eva, la música ha sido una terapia. “Cuando enfermé tenía un dolor de cabeza tan espantoso que no aguantaba ningún sonido. Fui incapaz de hablar durante unos ocho meses, mucho menos de escuchar o hacer música. Era desgarrador ver como algo que amo tanto me provocaba tanto dolor. Ahora, componer, interpretar y dirigir me ayuda a lidiar con todo, a digerir y avanzar. Creo que la terapia con música la hago ahora, cuando plasmo en mis composiciones todo lo que he vivido. Lo convierto en algo bello, único y poderoso”, concluye. 

Música y bienestar, una asociación emocional y física que, de hecho, se conoce cada vez mejor y se utiliza en terapias de rehabilitación y en la educación. En esta dirección trabaja el becario Mikel Ostiz Blanco, investigador en el laboratorio del grupo Mente-Cerebro del Instituto Cultura y Sociedad (ICS) de la Universidad de Navarra, Pamplona. 

Mikel toca la guitarra desde los 8 años, pero fue en la adolescencia cuando descubrió el potencial terapéutico de la música. “A los 17 años en el instituto se me ofreció la posibilidad de ir a tocar música a una residencia de personas con parálisis cerebral.” La experiencia le marcó tanto que, junto a algunos compañeros, decidieron fundar la asociación Música sin Barreras, para fomentar la integración y valoración de los colectivos que se encuentran en una posición más vulnerable o infravalorada (2007-2020). “Tenía claro que quería ayudar a las personas a través de la música”, comenta. Simultáneamente, cursó los estudios de filosofía y un máster en ingeniería biomédica en la Universidad de Navarra.

Mikel Ostiz Blanco con una guitarra. Es investigador en el laboratorio del grupo Mente-Cerebro del Instituto Cultura y Sociedad (ICS) de la Universidad de Navarra, Pamplona, y trabaja con el potencial terapéutico de la música.Mikel Ostiz Blanco

Fue en sus últimos años de investigación, durante los que contó con el apoyo de una beca de doctorado de la Fundación ”la Caixa”, cuando desarrolló Jellys, una herramienta terapéutica con el objetivo de ayudar a personas con dislexia a mejorar la lectura a través del ritmo y la música. “El videojuego aún no está disponible porque queremos que haya una validación científica completa y rigurosa antes de ofrecerlo a la sociedad. Los resultados son positivos y muy prometedores, pero hace falta incluir a una muestra de niños y niñas mucho mayor”, comenta.

Actualmente está centrado en el proyecto El despliegue de la libertad encarnada, de carácter interdisciplinar entre la filosofía y la psicología, que “pretende conectar el mundo afectivo de experiencias tempranas, como por ejemplo los vínculos de apego temprano o los abandonos, con el hecho de que cada persona es un ser único e irrepetible, con una dimensión que no es objetivable y reducible a etiquetas”, explica. Pero su pasión por conectar a las personas a través de la música no acaba aquí, ya que está inmerso en otro proyecto musical más personal, que recibe el nombre de Koúmi, “Levántate” en arameo, y cuyo objetivo es, desde los escenarios “invitar a vivir más humanamente, levantándose del miedo y las heridas y atreviéndose a ser verdaderamente único e irrepetible como somos cada uno de nosotros”, explica.   

Parafraseando a Nietzsche, Mikel dice que sin la música se sentiría “amputado” en cierta medida, ya que habría perdido un canal privilegiado para conectar y decir cosas que no siempre se pueden decir con palabras. Es por eso por lo que se muestra tan positivo con la validación de la terapia con música por parte de la ciencia, considerándolo un éxito de diálogo con las humanidades. “A pesar de que científicamente no podemos entender y explicar todo el impacto que la música tiene en el ser humano, cuando se trata de terapias sí que existe la capacidad de demostrar si algo ayuda o no. Para mí, crear y compartir música es un elemento muy valioso”, concluye.

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